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Conoce al inigualable Julio Garmendia, creador del Realismo Mágico





Modificado por llovizna el 17-03-2013 11:50

 

Querida familia de Barinas, recibe un cordial saludo, en esta oportunidad compartimos contigo una semblanza acerca de uno de los grandes escritores latinoamericanos del siglo XX, nacido en esta tierra, creador del realismo mágico hispanoamericano y artífice de la vanguardia venezolana, el gran Julio Garmendia.

 

Julio Garmendia (1898-1977) es considerado el iniciador del Realismo Mágico hispanoamericano y forjador de la vanguardia venezolana

Julio Garmendia (1898-1977) es considerado el iniciador del Realismo Mágico hispanoamericano y forjador de la vanguardia venezolana

El escritor, periodista y diplomático Julio Garmendia nació en El Tocuyo, estado Lara, el 9 de enero de 1898  y murió en Caracas el 8 de julio de 1977. Hijo de Rafael Garmendia Rodríguez y Celsa Murrieta, fue uno de los alumnos fundadores del colegio La Salle. Tras cursar el bachillerato, llegó a Caracas con su padre en 1915. A los 17 años, comenzó una intensa labor como periodista en el diario El Universal y en distintas revistas de su época, al tiempo que participó activamente en los círculos intelectuales de la ciudad. En 1909 publicó un pequeño ensayo en el diario El Eco Industrial. En 1914 cursó estudios en el Instituto de Comercio de Caracas, los cuales abandona poco tiempo después para trabajar como redactor en el diario El Universal. Se relacionó con integrantes de la llamada Generación del 28 y despuntó como el gran artífice de la vanguardia venezolana y representante de la vanguardia hispanoamericana.

Desde muy joven Julio Garmendia se instaló en Caracas para trabajar como redactor en el diario El Universal (En la foto, Caracas en 1920)

Desde muy joven Julio Garmendia se instaló en Caracas para trabajar como redactor en el diario El Universal (En la foto, Caracas en 1920)
 

Como diplomático, trabajó en la Legación de Venezuela en París, luego fue cónsul general en Génova, en Copenhague y Noruega desde 1923 hasta 1940. Anterior a este viaje, escribió La Tienda de Muñecos (1927), siendo considerado el introductor del realismo fantástico en la ficción hispanoamericana. Desde los años cincuenta su obra comenzó a ser revalorizada. A través del cuento fantástico, el cual cultivó en sus dos siguientes colecciones de relatos, La tuna de oro (1951) y La hoja que no había caído en su otoño (1979), reaccionó contra la ficción del modernismo y criollismo. Realizó estudios críticos y asedios a los temas de su escritura, los cuales fueron reunidos en los volúmenes Opiniones para después de la muerte (1984) y La ventana encantada (1986).

Julio Garmendia se destacó como periodista y diplomático hasta muy avanzada edad

Julio Garmendia se destacó como periodista y diplomático hasta muy avanzada edad
 

Obra

Lamentablemente en Venezuela Julio Garmendia ha quedado relegado, las nuevas generaciones desconocen la monumental obra de este escritor sorprendente. Garmendia fue el introductor del realismo fantástico hispanoamericano a través de su primer libro La tienda de muñecos el cuál fue publicado en 1927, mientras que la Historia universal de la infamia de Jorge Luis Borges, fue publicado seis años más tarde. Los personajes alucinantes de Garmendia, sus historias fantásticas y la maestría de su lenguaje y artificios narrativos, convirtió al escritor en el paladín de la vanguardia hispanoamericana, una obra única en su estilo, aclamada en todo el mundo. Sus libros:  

-La tienda de muñecos (1927)

-La tuna de oro (1951)

-La hoja que no había caído en su otoño (1979)

-Opiniones para después de la muerte (Póstumo, 1984)

-La ventana encantada (Póstumo, 1986)

 

Edición

Edición "La tienda de muñecos" de la Biblioteca Ayacucho
 

La tienda de muñecos (1927), una obra maestra

La crítica literaria considera el libro de cuentos La tienda de muñecos una obra maestra de la literatura americana, el sorprendente y extraordinario cuento “El difunto Yo”, que forma parte del libro, ha sido llevado al teatro, cine y televisión, nacional como internacionalmente, en un sinfín de versiones; es uno de los cuentos más estudiados en el mundo de la literatura, incluso, en el ámbito del psicoanálisis y la psiquiatría. Desde el punto de vista de la narrativa, es una joya del manejo del lenguaje; desde el punto de vista de la creación, forma parte de los 100 mejores cuentos del mundo. Julio Garmendia es uno de los grandes representantes de cultura nacional, que rememoramos hoy para sacarlo del olvido propio del agitado acontecer nacional, así que familia, disfruta de “El difunto yo”. ¡Saludos!

 

Puesta en escena de

Puesta en escena de "El difunto Yo", grupo de teatro Grado 38° (Caracas)

“El difunto Yo”

 

Examiné apresuradamente la extraña situación en que me hallaba. Debía, sin perder un segundo, ponerme en persecución de mi alter ego. Ya que circunstancias desconocidas lo había separado de mi personalidad, convenía darle alcance antes de que pudiera alejarse mucho. Era necesario, mejor dicho, urgente, muy urgente, tomar medidas que le impidieran, si lo intentaba, dirigirse en secreto hacia algún país extranjero, llevado por el ansia de lo desconocido y la sed de aventuras. Bien sabía yo, su íntimo -iba a decir “inseparable”-, su íntimo amigo y compañero, que tales sentimientos venían aguijoneándole desde tiempo atrás, hasta el extremo de perturbarle el sentido crítico y la sana razón que debe exhibir un alter ego en todos sus actos, así públicos como privados. Tenía, pues, bastante motivo para preocuparme de su repentina desaparición. Sin duda acababa él de dar pruebas de una reserva sin límites, de inconmensurable discreción y de consumada pericia en el arte de la astucia y el disimulo. Nada dejó traslucir de los planes que maestramente preparaba en el fondo de su silencio. Mi alter ego, en efecto, hacía varios días que permanecía silencioso; pero en vista de que entre nosotros no mediaban desavenencias profundas, atribuí su conducta al fastidio, al cual fue siempre muy propenso, aún en sus mejores tiempos, y me limité a suponer que me consideraba desprovisto de la amenidad que tanto le agradaba. Ahora me sorprendía con un hecho incuestionable: había escapado, sin que yo supiera cómo ni cuándo. Lo busqué en seguida en el aposento donde se me había revelado su brusca ausencia. Lo busqué detrás de las puertas, debajo de las mesas, dentro del armario. Tampoco apareció en las demás habitaciones de la casa. Notando, sorprendida, mis idas y venidas, me preguntó mi mujer qué cosa había perdido.

-Puedes estar segura de que no es el cerebro -le dije. Y añadí hipócritamente:

-He perdido el sombrero.

-Hace poco saliste, y lo llevabas. ¿No me dijiste que ibas a no sé qué periódico a poner un anuncio que querías publicar? No sé cómo has vuelto tan pronto.

Lo que decía mi mujer era muy singular. ¿Adónde, pues, se había dirigido mi alter ego? Dominado por la inquietud, me eché a la calle en su busca o seguimiento. A poco noté -o creí notar- que algunos transeúntes me miraban con fijeza, cuchicheaban, sonreían o guiñaban el ojo. Esto me hizo apresurar el paso y casi correr; pero a poco andar me salió al encuentro un policía, que, echándome mano con precaución, como si fuera yo algún sujeto peligroso o difícil de prender, me anunció que estaba arrestado. Viéndome fuertemente asido, no me cupo de ello la menor duda. De nada sirvieron mis protestas ni las de muchos circunstantes. Fui conducido al cuartel de policía, donde se me acusó de pendenciero, escandaloso y borracho, y, además, de valerme de miserables y cobardes subterfugios, habilidades, mañas y mixtificaciones para no pagar ciertas deudas de café, de vehículos de carrera, de menudas compras ¡Lo juro por mi honor! Nada sabía yo de aquellas deudas, ni nunca había oído hablar de ellas, ni siquiera conocía las personas o los sitios -¡Y qué sitios!- en donde se me acusaba de haber escandalizado. No pude menos, sin embargo, de resignarme a balbucir excusas, explicaciones: me faltó valor para confesar la vergonzosa fuga de mi alter ego, que era sin duda el verdadero culpable y autor de tales supercherías, y pedir su detención. Humillado, prometí enmendarme. Fui puesto en libertad, y alarmado, no ya tanto por la desaparición de mi alter ego como por las deshonrosas complicaciones que su conducta comenzaba a hacer recaer sobre mí, me dirigí rápidamente a la oficina del periódico de mayor circulación que había en la localidad con la intención de insertar en seguida un anuncio advirtiendo que, en adelante, no reconocería más deudas que las que yo mismo hubiera contraído. El empleado del periódico, que pareció reconocerme en el acto, sonrió de una manera que juzgué equívoca y sin esperar que yo pronunciara una palabra, me entregó una pequeña prueba de imprenta, aun olorosa a tinta fresca, y el original de ella, el cual estaba escrito como de mi puño y letra. Lo que peor es, el texto del anuncio, autorizado por una firma que era la mía misma, decía justamente aquello que yo tenía en mientes decir. Pero tampoco quise descubrir la nueva superchería de mi alter ego -¿de quién otro podía ser?- y como aquel era, palabra por palabra, el anuncio que yo quería, pagué su inserción durante un mes consecutivo. Decía así el anuncio en cuestión:

“Participo a mis amigos y relacionados de dentro y fuera de esta ciudad que no reconozco deudas que haya contraído ‘otro’ que no sea ‘yo’. Hago esta advertencia para evitar inconvenientes y mixtificaciones desagradables. Andrés Erre” 

Volví a casa después de sufrir durante el resto del día que las personas conocidas me dijeran a cada paso, dándome palmaditas en el hombro:

-Te vi por allá arriba...

O bien:

-Te vi por allá abajo...

Mi mujer, que cosía tranquilamente, al verme llegar detuvo la rueda de la máquina de coser y exclamó:

-¡Qué pálido estás!

-Me siento enfermo -le dije.

-Trastorno digestivo -diagnosticó-. Te prepararé un purgante y esta noche no comerás nada.

No pude reprimir un gesto de protesta. ¡Cómo! La escandalosa conducta de mi alter ego me exponía a crueles privaciones alimenticias, pues yo debería purgar sus culpas, de acuerdo con la lógica de mi mujer Esto desprendíase de las palabras que ella acababa de pronunciar. Sin embargo, no quería alarmarla con el relato del extraordinario fenómeno de mi desdoblamiento. Era un alma sencilla, un alma simple. Hubiera sido presa de indescriptibles terrores y yo hubiera cobrado a sus ojos las apariencias de un ser peligrosamente diabólico. ¡Desdoblarse! ¡Dios mío! Mi pobre mujer hubiera derramado amargas lágrimas al saber que me acontecía un accidente tan extraño. Nunca más hubiera consentido en quedarse sola en las habitaciones donde apenas penetraba una luz débil. Y de noche, era casi seguro que sus aprensiones me hubieran obligado a recogerme mucho antes de la hora acostumbrada, pues ya no se acostaría despreocupadamente antes de mi vuelta, ni la sorprendería dormida en las altas horas, cuando me retardaba en la calle más de lo ordinario. No obstante los incidentes del día, todavía conservaba yo suficiente lucidez para prever las consecuencias de una confidencia que no podía ser más que perjudicial, porque si bien las correrías de mi alter ego pudiera suceder que, al fin y al cabo, fuesen pasajeras, en cambio sería difícil, si no imposible, componer en mucho tiempo una alteración tan grave de la tranquilidad doméstica como la que produciría la noticia de mi desdoblamiento. Pero los acontecimientos tomaron un giro muy distinto e imprevisto. La defección de mi alter ego, que empezó por ser un hecho antes risible que otra cosa, acabó en una traición que no tiene igual en los anales de las peores traiciones... Este inicuo individuo... Pero observo que la indignación -una indignación muy justificada, por lo demás- me arrastra lejos de la brevedad con que me propuse referir los hechos. Helos aquí, enteramente desnudos de todo artificio y redundancia:

Salí aquella noche después de comer frugalmente porque mi mujer lo quiso así y me dijo, no obstante mis reiteradas protestas, que me dejaría preparado un purgante activísimo para que lo tomara al volver. Calculaba que mi regreso sería, como de ordinario, a eso de las doce de la noche. Con el fin de olvidar los sobresaltos del día, busqué en el café la compañía de varios amigos que, casi todos, me habían visto en diferentes sitios a horas desacostumbradas y hablaban maliciosamente de ciertos incidentes en los cuales hallábase mezclado mi nombre, según pude colegir, pues no quise inquirir nada directamente ni tratar de esclarecer los puntos. Guardé bien mi secreto. Disimulé los hechos lo mejor que pude, procurando despojarlos de toda importancia. Una discusión de política nos retuvo luego hasta horas avanzadas. Eran las dos de la madrugada cuando abrí la puerta de casa, empujándola rápidamente para que chirriara lo menos posible. Todo estaba en calma, pero mi mujer, a pesar de que dormía con sueño denso y pesado, despertó a causa del ruido. Los ojos apenas entreabiertos, me preguntó entre dientes cómo me había sentado el purgante.

-¡El purgante! -exclamé-. Llego de la calle en este momento y no he visto ningún purgante! ¡Explícate, habla, despierta! ¡Eso que dices no es posible!

Se desperezó largamente.

-Sí -me dijo- es posible, puesto que lo tomaste en mi presencia... y estabas conmigo.. y...

- ... ¡Y!...

Comprendí el terrible engaño de mi alter ego. La traición de aquel íntimo amigo y compañero de toda la vida me sobrecogió de espanto, de horror, de ira. Mi mujer me vio palidecer.

-Efecto del purgante -dijo.

Aunque nadie, ni aun ella misma, habían notado el delito de mi alter ego, la deshonra era irreparable y siempre vergonzosa a pesar del secreto. Las manos crispadas, erizados los cabellos, lleno de profundo estupor, salí de la alcoba en tanto que mi mujer, volviéndose de espaldas a la luz encendida, se dormía otra vez con la facilidad que da la extenuación; y fui a ahorcarme de una de las vigas del techo con una cuerda que hallé a mano. Al lado colgaba la jaula de Jesusito, el loro. Seguramente hice ruido en el momento de abandonarme como un péndulo en el aire, pues Jesusito, despertándose, esponjó las plumas de la cabeza y me gritó, como solía hacerlo:

-¡Adiós, Doctor!

Tengo razones para creer que mi alter ego, que sin duda espiaba mis movimientos desde algún escondrijo improvisado, a favor de las sombras de la noche, se apoderó en seguida de mi cadáver, lo descolgó y se introdujo dentro de él. De este modo volvió a la alcoba conyugal, donde pasó el resto de la noche ocupado en prodigar a mi viuda las más ardientes caricias. Fundo esta creencia en el hecho insólito de que mi suicidio no produjo impresión ni tuvo la menor resonancia. En mi hogar nadie pareció darse cuenta de que yo había desaparecido para siempre. No hubo duelo, ni entierro. El periódico no hizo alusión a la tragedia, ni en grandes ni en pequeños títulos. Los amigos continuaron chanceándose y dándole palmaditas en el hombro a mi alter ego, como si fuera yo mismo. Y Jesusito no ha dejado nunca de gritar:

-¡Adiós, Doctor!

Sin duda, mi alter ego desarrolló desde el principio un plan hábilmente calculado en el sentido de producir los resultados que en efecto se produjeron. Previó con precisión el modo como reaccionaría yo delante de los hechos que él se encargaría de presentarme en rápida y desconcertante sucesión. Determinó de antemano mi inquietud, mi angustia, mi desesperación; calculó exactamente la hora en que un cúmulo de extrañas circunstancias había de conducirme al suicidio. Esta hora señalaba el feliz coronamiento de su obra; y es claro que sólo un alter ego que gozaba de toda mi confianza pudo llevar a cabo esta empresa. En primer lugar, el completo conocimiento que poseía de los más recónditos resortes de mi alma le facilitó los elementos necesarios para preparar sin error el plan de inducción al suicidio inmediato. En segundo término, si logró hacerse pasar por mí mismo delante de mi mujer y de todas las personas que me conocían, fue porque estaba en el secreto de mis costumbres, ideas, modos de expresión y grados de intimidad con los demás. Sabía imitar mi voz, mis gestos, mi letra y en particular mi firma, y además conocía la combinación de mi pequeña caja fuerte. Todos mis bienes pasaron automáticamente a poder suyo, sin que las leyes, tan celosas en otros casos, intervinieran en manera alguna para evitar la iniquidad de que fui víctima. También se apoderó del crédito que había alcanzado yo después de largos años de conducta intachable y correctos procederes; y en el mismo periódico continúa publicando a diario, autorizado con su firma, que es la mía, el mismo aviso que dice:

“Participo a mis amigos y relacionados de dentro y fuera de esta ciudad que no reconozco deudas que haya contraído ‘otro’ que no sea ‘yo’. Hago esta advertencia para evitar inconvenientes y mixtificaciones desagradables. Andrés Erre”.

FIN

__________________________

Fuentes informativas

Sitios Web

http://es.wikipedia.org/wiki/Julio_Garmendia

http://corrienteliteraria.blogspot.com/2011/09/la-tienda-de-munecos.html

http://cmas.siu.buap.mx/portal_pprd/work/sites/escritos/resources/LocalContent/33/1/pags249-273.pdf

http://es.wikipedia.org/wiki/Realismo_m%C3%A1gico

http://www.ciudadseva.com/textos/cuentos/esp/garmen/difunto.htm

 

Imágenes

http://teatro-grado38.blogspot.com/2008/06/obra-el-difunto-yo-actor-william-cuao.html

http://www.mariallazzaro.com.ve/ml/escritosinfantiles/cuentosamigos/juliogarmendia.html

http://entreshandysybartlebys.blogspot.com/2010/03/tres-cuentos-de-julio-garmendia-1898.html

http://www.tramz.com/ve/cs/css.html

 

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Lecturas: 14266 [ Arte y Cultura ] Publicado por llovizna el 2013-03-16 13:17:20 Comentario(s): ( 0 )


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