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Estrés y clase social.

   

Estimada familia de Barinas, todos desarrollamos una personalidad que nos libera y esclaviza a la vez, nos es muy útil porque automáticamente reacciona frente a las situaciones cotidianas adaptándose a ellas sin apenas esfuerzo,  y nos esclaviza porque una vez  que el instinto se encarga de las respuestas las aplica con gran velocidad, aunque no sean adecuadas, y cuesta mucho esfuerzo recuperar el desatino. No hemos tenido un entrenamiento para desarrollar nuestra personalidad como un mecanismo capaz de resolver problemas con eficacia, y de adoptar la solución más adecuada ante la perspectiva que se nos presenta. La personalidad ha sido educada por el palo y la zanahoria, no para elegir entre el palo y la zanahoria, ni para vislumbrar otro horizonte que la rueda de la noria, que gira y no lleva a ninguna parte. Todos tenemos una personalidad pero no es nuestra, nos la han puesto, nos han dicho que pensar, que religión es la verdadera, que sistema político es el mejor, que país es el mejor, que idioma es el mas completo y preciso para expresarse y cual es la mejor literatura, y cual el mejor clima, casualidad el nuestro es el mejor siempre. Todas las personalidades no son exactamente iguales, como no lo son todos los naranjos, existen diferencias debidas a los genes, a variaciones educativas y a rasgos locales propios de cada población, este conjunto de variables facilita el que haya diversos modos de reaccionar frente al estrés.

Nos encontramos con que a nivel social el estrés dependerá del entorno local en que me encuentre y de mi propia personalidad, quedará determinado por lo que sucede y como lo interpreto, cada cultura tiene un patrón de respuestas en relación a la muerte, la enfermedad, el dinero o la familia, ello determinará las respuestas y el nivel de adaptación posible. Cuantas menos opciones tenga: mas estrés.

La investigación sobre el estrés centrada en los factores psicosociales ha tendido a orientar y organizar la teoría hacia las consecuencias que tienen las experiencias estresantes sobre la salud, más que hacia el origen de dichas experiencias. Este fenómeno representa un problema de gran relevancia actual en el marco del estudio social del estrés, ya que las condiciones sociales (organización social, apoyo social, aspectos socioeconómicos, estatus marital, rol laboral, género, etc.) pueden estar implicadas tanto en el origen como en las consecuencias de las experiencias estresantes. Las situaciones sociales pueden provocar altos niveles de estrés que, a su vez, afectan a la salud, a la calidad de vida y la longevidad.

Las influencias sociales sobre la salud no se limitan al influjo de variables como el sexo, la edad, el nivel de ingresos, etc., sino que incluyen otras variables menos estratificadas, tales como los estilos o hábitos de vida (por ejemplo, fumar, tomar drogas, hacer poco ejercicio físico, seguir una dieta poco saludable, etc.). Estas variables pueden estar afectadas por el estrés social (por ejemplo, el nivel elevado de estrés laboral puede incrementar la práctica de hábitos insanos como fumar y abusar del alcohol, o reducir la práctica de hábitos saludables como la frecuencia de ejercicio físico, etc.), lo cual sugiere que el estrés social no sólo puede inducir efectos directos sobre la salud, sino también efectos indirectos a través de la modificación de los estilos de vida.

 

Las amenazas de la sociedad moderna pueden relacionarse con factores como la competitividad laboral, el tránsito, el ruido, las disputas maritales, la educación de los hijos, etc. Diversos estudios han demostrado que la incapacidad del organismo humano para controlar los estresores sociales y psicológicos pueden llevar al desarrollo de alteraciones cardiovasculares, hipertensión, úlcera péptica, dolores musculares, asma, jaquecas, pérdida de la calidad de vida, depresión y otros problemas de salud, así́ como también al incremento de las conductas de enfermedad

La doctora en neurociencia Martha Farah, de 57 años, se interesó en la relación entre el cerebro y la clase social cuando empezó a contratar niñeras. Entre las mujeres que cuidaban a su hija (que ahora tiene 17 años) había madres solteras de estatus socioeconómico bajo, que vivían de la asistencia social y ganaban dinero extra como niñeras. Con el tiempo, Farah observó que la vida de las niñeras y de sus hijos era diferente a la suya. De hecho, se obsesionó con la clase social, esta importante dimensión de la variación en la raza humana. La científica ha estudiado diversos campos como la visión, los fármacos para mejorar el cerebro y el desarrollo cognitivo. En 1990 publicó el libro Agnosia Visual, un análisis exhaustivo de cómo la neurociencia cognitiva puede estudiar los trastornos de reconocimiento visual.

En su aproximación al tema de clases sociales observó, como confirman algunos estudios sociológicos, que la crianza de los hijos y las experiencias tempranas de los niños eran muy diferentes según la clase social.

Las investigaciones han demostrado que los niños pobres no están tan expuestos al idioma como sus similares más ricos y tienden a recibir más retroalimentación negativa. Lo que escuchan no es tan complejo gramaticalmente y el rango de vocabulario es menor. Hay un menor entendimiento de la forma en la que se desarrollan los niños y lo que necesitan para el desarrollo cognitivo, dijo Farah.

El estrés es otro factor importante en esas disparidades. Los padres de estatus socioeconómico bajo no tienen la certeza de que podrán satisfacer sus necesidades básicas, viven en vecindarios peligrosos, hacinados y con otros factores que causan estrés en ellos mismos y en sus niños. Los padres estresados tienen menos paciencia y son menos cariñosos, lo que tensa a sus hijos, de acuerdo con Farah.

Farah y sus colegas efectuaron investigaciones cuyos resultados indicaron que una niñez con altos niveles de estrés —que incluye una paternidad menos cálida— tiene una correlación con los cambios en la regulación y la fisiología del estrés.

En un estudio publicado en marzo en la revista PLOS One, se estudió a adolescentes negros estadounidenses que provenían de hogares de bajo estatus socioeconómico. Cuando tenían cuatro años, los científicos evaluaron cuán responsivos (proveedores de calidez y apoyo) eran sus padres. Luego, entre 11 y 14 años después, se aplicó a los mismos participantes una prueba de estrés: dar un discurso ante un público hostil.

Los voluntarios dieron muestras de saliva para que los investigadores la analizaran en busca de cortisona, la hormona del estrés. Los investigadores descubrieron que entre menos receptivos eran los padres, menos normal era la respuesta de los voluntarios al estrés.

Obviamente, se puede decir que la vida es más estresante en un estrato socioeconómico más bajo. Sin embargo, la magnitud del estrés en el que viven, medidos por la cantidad de cortisona, es simplemente increíble.

Esta clase de investigaciones refuerza la idea de que el estrés atrofia el desarrollo cerebral de los niños que provienen de medios socioeconómicos bajos. La pregunta es si esa atrofia puede revertirse. En estudios con animales, las experiencias enriquecedoras posteriores pueden compensar, al menos parcialmente, los efectos que el estrés en etapas tempranas de la vida tuvo sobre el hipocampo (una estructura en forma de caballito de mar que es vital para la memoria y la respuesta al estrés) y otras partes del cerebro. No es que se reviertan los efectos iniciales del estrés, sino que aparentemente se habilitan diferentes sendas neurales para compensar.

Si las políticas públicas  son interesantes, entonces , si se trata de los niños, nunca debes decir: “Vaya, éste está dañado, ya no podemos hacer nada”.

Los padres de clase media tampoco son perfectos. Su costumbre de observar ansiosamente cada avance en el desarrollo de los niños y cubrirlos de halagos no es productiva.

Los investigadores también estudian el efecto de la estimulación intelectual temprana en el desarrollo cerebral de los niños. Para este estudio, dieron seguimiento desde el nacimiento hasta la adolescencia a 53 niños de estatus socioeconómico bajo. Es una muestra relativamente pequeña, pero es típica para los estudios de imaginología del cerebro. Se evaluó a los participantes en dos escalas: la estimulación ambiental y la crianza. La estimulación se refiere a aspectos como "el niño tiene juguetes con los que aprende los colores” a los cuatro años y “el niño tiene acceso a por lo menos 10 libros adecuados” a los ocho años. La crianza es “el padre está físicamente del niño durante 10 o 15 minutos al día” a los cuatro años y “los padres le ponen límites y generalmente hacen que se respeten” a los ocho años.

Los investigadores analizaron si la estimulación ambiental inicial y las medidas de crianza de los padres podían predecir el grosor de la corteza cerebral en la adultez temprana. El mayor espesor de la corteza en la niñez se relaciona con malos resultados como autismo. En la adolescencia, un grosor de la corteza relativamente reducido se relaciona con un coeficiente intelectual (CI) más elevado. Según los resultados de este estudio que todavía no se publica, la estimulación ambiental a los cuatro años de edad predice el grosor que tendrá la corteza cerebral en los últimos años de la adolescencia, pero no se relaciona con la crianza.

Aunque Farah y sus colegas están entusiasmados por el trabajo que están haciendo, cuando empezó este trabajo, alrededor del año 2000, se enfrentó a gran escepticismo acerca del estudio de los efectos de la pobreza en el cerebro, dijo, como si en su investigación se equiparara a la pobreza con una enfermedad cerebral.  Mientras tanto, la investigación sigue desarrollándose, aunque no muchos científicos trabajan en los problemas del cerebro y la clase social. A gran escala, hay relativamente pocos estudios acerca del cerebro y la cognición con muestras de voluntarios que provengan de ambientes socioeconómicos de nivel bajo.

La mayor parte de la neurociencia se hace con estudiantes universitarios de segundo año, en universidades que tienen suficiente dinero como para tener un centro de imaginología, simplemente se está analizando a una pequeña porción de la humanidad.

Pero el estudio, tal como está planteado, pareciera sugerir que los de clases sociales más altas no están expuestos al estrés en su niñez . Mientras que los niños pobres luchan por sobrevivir en un medio hostil con pocos recursos, los niños ricos luchan por aprender códigos más complicados de comportamiento y lenguaje, las expectativas de sus padres con respecto a ellos son mayores, la lucha por mantener el estatus y el temor al fracaso es una pesada carga.

Lo cierto es que el stress se origina de la vida misma.

Compilado por el equipo de Barinas.net.ve

El hogar virtual de la familia de Barinas

Referencias

http://cnnespanol.cnn.com/2013/06/19/como-la-pobreza-podria-cambiar-el-cerebro/

http://www.aepc.es/ijchp/articulos_pdf/ijchp-65.pdf

http://www.larelajacion.com/larelajacion/09agentes.php

http://www.psicologia-online.com/pir/influencia-de-los-factores-personales-y-sociales.html

Imágenes

http://www.0800flor.net/blog-2/infografia-estres-globalizado/

http://blog.banesco.com/emprendedores/el-estres-por-juan-carlos-escotet-banesco-parte-i/#.UkQ64RYipEQ

http://comunidadbiomedica.blogspot.com/2010/09/el-estres-puede-controlar-la-actividad.html

Video

http://www.youtube.com/watch?v=YetgPxyalZ4

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