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La destrucción de Pompeya y Herculano.

Un gigantesco estruendo del Vesubio, que se yergue altivo sobre el bellísimo litoral mediterráneo, anunció el drama que sobrevenía. En pocos minutos su cráter emitió un estremecedor ronquido. Masas viscosas de magma, retenidas durante siglos en su poderoso vientre, hicieron reventar la boca del volcán que inmediatamente comenzó a disparar millones de toneladas de piedra volcánica sobre la apacible ciudad, tiñó de sombra su luminoso cielo y lo tajó con una gigantesca columna de humos, tan tóxicos como letales, de hasta 15 kilómetros de altura. Hasta siete metros y medio de cenizas sepultaron poco a poco Pompeya bajo un sombrío océano de grisura. Bajo tan infausto sudario la ciudad quedó enterrada durante 1.500 años. Como se supo 15 siglos después, al menos 5.000 personas, muchos niños, ancianos y mujeres, perecieron en espantosa agonía en la que fuera considerada la catástrofe natural más grave de toda la Antigüedad.

De ella pudo dar cuenta Cayo Plinio, El Joven, cuyo veterano tío, el científico y almirante responsable de la flota romana en la bahía, Plinio El Viejo, acudió con sus naves al rescate de la ciudad asediada por la furia vesubiana. También él perecería en Pompeya. Su narración ha llegado hasta nosotros y permite que la exposición, gracias a la experiencia de su comisario Martín Almagro y a un vivido montaje de Ignasi Cristiá, rehaga la acomodada vida cotidiana, la insólita muerte y el sorprendente renacer arqueológico, en el siglo XVIII de la incauta ciudad romana que debe su nombre a la pompé, procesión en lengua griega, que Hércules recorrió a través de la península italiana tras culminar los 12 trabajos que le confirieron la inmortalidad.

La fecha tradicional para la erupción que aparece en el relato de Plinio el Joven es el 24 de agosto de 79. Sin embargo, esta fecha puede deberse a un error de transcripción durante la Edad Media, como se extrae de otras versiones de las cartas. Por tanto, algunos expertos opinan que en realidad tuvo lugar en otoño o invierno, dada la gran cantidad de frutos otoñales hallados entre las ruinas y el hallazgo de una moneda cuya fecha de acuñación más temprana no debió ser anterior a septiembre de 79. De hecho, algunas excavaciones sugieren que ya había acabado la vendimia.

La explosión fue tan gigantesca que la mitad del Vesubio voló por los aires y cambió tanto la topografía del lugar que fue imposible la ubicación de las dos ciudades por los romanos contemporaneos. Gruesas capas de ceniza cubrieron dos ciudades situadas en la base de la montaña, y sus nombres y localizaciones fueron olvidados. Herculano fue redescubierta en 1738, y Pompeya en 1748.

Fue el ingeniero director de los trabajos de Pompeya y Herculano, el aragonés Roque Joaquín de Alcubierre quien coleccionó e hizo mantenimiento cuidadoso de las muchas esculturas encontradas durante una treintena de años, hoy preservadas en Madrid, Roma y Nápoles.

Desde entonces, ambas villas han sido excavadas revelando numerosos edificios intactos, así como pinturas murales. Realmente el descubrimiento tuvo lugar en el año 1550, cuando el arquitecto Fontana estaba excavando un nuevo curso para el río Sarno. Pero hubo que esperar 150 años antes de que se iniciara una campaña para desenterrar las ciudades. Hasta esa fecha, se asumía que Pompeya y Herculano se habían perdido para siempre.

Se ha sostenido la teoría (sin demostrar) de que Fontana, inicialmente encontró algunos de los famosos frescos eróticos, y debido a la estricta moral reinante en su época los enterró de nuevo en un intento de censura arqueológica. Excavadores posteriores plasmaron en sus informes que los lugares en los que estaban trabajando habían sido desenterrados y enterrados de nuevo con anterioridad.

El foro, los baños, muchas casas y algunas villas permanecieron en un sorprendente buen estado de conservación. A poca distancia de la ciudad se descubrió un hotel de 1000 m² que hoy en día se conoce como "Gran Hotel Murecino".

Las ruinas fueron objeto de varias campañas de bombardeo por parte de los Aliados en 1943, que destruyeron buena parte del Teatro Grande y del Foro, así como algunas casas, que fueron convenientemente restauradas una vez finalizada la Segunda Guerra Mundial.

Durante las excavaciones, ocasionalmente eran hallados huecos en la ceniza que habían contenido restos humanos. En 1860, el arqueólogo italiano Giuseppe Fiorelli sugirió rellenar estos huecos con yeso, obteniendo así moldes que mostraban con gran precisión el último momento de la vida de los ciudadanos y animales domésticos que no pudieron escapar a la erupción. En algunos de ellos la expresión de terror es claramente visible. Otros se afanan en tapar su boca o la de sus seres queridos con pañuelos o vestidos tratando de no inhalar los gases tóxicos, y alguno se aferra con fuerza a sus joyas y ahorros. Tampoco falta quien prefirió ahorrarse el tormento quitándose la vida, conservándose su cuerpo junto a pequeñas botellitas que contenían veneno. Los perros guardianes siguen encadenados a las paredes de las casas de sus amos, al igual que los gladiadores del anfiteatro (en este último caso, acompañados de una misteriosa mujer cargada con todas sus joyas de gala).

El número actual de víctimas detectadas es de unas 2.000, y es de esperar que aparezcan muchas más en las partes de la ciudad que todavía no han sido excavadas. Si volviera a ocurrir una erupción de esa magnitud en la provincia de Nápoles moderna, el número de víctimas alcazaría fácilmente la cifra de cuatro millones.

Referencias

Texto

http://ccaa.elpais.com/ccaa/2012/12/03/madrid/1354554441_443267.html

http://es.wikipedia.org/wiki/Pompeya

Imagen

http://www.bloganavazquez.com/2011/06/15/la-villa-de-los-misterios-pompeya/

http://www.dantezaragoza.com/tag/vesubio/

http://www.pasaporteblog.com/tag/pompeya/

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