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> Artículos y noticias > Sociedad y Educación


Volando por entre las edades





Modificado por administrador el 01-12-2009 23:01

Cuando llegué a tener conciencia del mundo tendría yo unos 4 años de edad. Recuerdo que mi madre, analfabeta, oriunda de Biscucuy estado Portuguesa, de gran carisma, pasaba el tiempo entre los oficios del hogar, un pequeño patio al que llamábamos solar y la atención personalizada para mi padre. Para ella, la rutina comenzaba a las cinco de la mañana con la preparación del modesto desayuno para el marido que debía salir temprano a sus labores de campo, el cual consistía en una taza de aromatizante café, un huevo frito, una porción de cuajada (queso tierno sin prensar) y un trozo de arepa tostada a la brasa; seguidamente, la joven señora acondicionaba todo lo necesario para preparar el almuerzo: lavaba e instalaba el molino, molía unos cuatro kilos de maíz blanco previamente cocido en agua de cal para quitarle la piel al grano; una vez obtenida la masa se le agregaba más agua y la refinaba haciéndola pasar entre dos piedras (una especie de molino primitivo donde se acondiciona una piedra grande y plana como soporte y, otra pequeña y alargada que se usaba como rodillo) para ponerla a tono.

Atardecer llanero en Barinas

Atardecer llanero en Barinas

Mi madre sobaba la masa y le iba agregando sal hasta dejarla a punto; mientras tanto, sobre las topias del fogón ponía a calentar un budare grande, le daba forma a sus arepas, las iba poniendo una a una sobre la superficie caliente; las asaba a medias sobre el budare y luego las bajaba a una parrilla donde las iba volteando regularmente para que no se quemaran, de esta manera la arepa se terminaba de cocer.

Mientras tanto, en otro fogón ponía a hervir las caraotas y la olla del arroz. En ocasiones cuando había mucho trabajo mi padre intercambiaba jornales con sus amigos y vecinos, a lo que llamaban “mano vuelta”, hacían los famoso “convites” para agilizar el término de una faena de roza, deshierbe, siembra o cosechado. Durante estas tareas era común que se reunieran entre diez y veinte hombres bajo el mando del responsable del invite.

Eran estos los tiempos en que la esposa se veía más atareada con los oficios del hogar porque se multiplicaba el trabajo que debía realizar durante semanas enteras. Mi padre, nacido en Niquitao estado Trujillo, también analfabeto, huérfano de madre, había llegado a la zona de Veguitas en busca de nuevos horizontes, bordeando a pie las riberas del río Boconó; allí estableció su residencia junto a sus dos hermanas y un hermano. Trabajaron muy duro desde su infancia para ayudar a su padre que estuvo en cama durante dos años pero lograron salir airosos del percance y el viejo logró sobrevivir.

La rutina de mi padre, un tanto heterodoxa también se iniciaba a las cuatro de la mañana cuando se levantaba de la cama en compañía de mi madre para cortar la leña, afilar las herramientas de trabajo: un machete y un hacha; después de desayunar, tomaba su sombrero y demás aparejos para dirigirse a su sitio de trabajo. Las tareas que realizaba realmente eran repetidas en el transcurso del tiempo, aproximadamente así: entre los meses de enero y principio de abril zocalaba (cortaba la maleza baja entre los árboles del bosque) las zonas boscosas, cortaba los árboles de mayor tamaño con el hacha, quemaba la hojarasca reseca, recogía y amontonaba a las orillas del terreno destinado a la siembra las ramas que no se quemaban. A finales de abril comenzaba el ciclo de siembra del maíz. Ya se tenía lista la semilla obtenida de la cosecha del año anterior. Se reunía con otros vecinos y amigos para hacer el “convite”.

Cultivos del Estado Barinas

Cultivos del Estado Barinas

La siembra era totalmente a mano, empleando unos maderos cilíndricos de metro y medio de longitud, con la punta labrada en forma de cuña, se abrían los hoyos donde cada quien iba depositando cuatro o cinco granos. No se usaba cuerda para formar las hiladas, en su defecto se colocaba una estaca al final, donde iba a terminar cada hilo para que sirviera de orientación. El palo que hacía de chícora era nombrado “coa” y en él se marcaba la distancia de un metro que había que dejar entre un hilo y el siguiente. Cuando el cultivo había crecido una cuarta (20 ó 25 cm) le sembraba la yuca a razón de dos estacas entre una y otra mata de maíz.

Aproximadamente al mes de haberse hecho la siembra, era necesaria la primera limpia de malezas, la cual se completaba a mano, es decir, a machete porque las condiciones económicas daban a duras penas para medio comer y medio vestir; esta precariedad no permitían el uso de herbicidas, ni fertilizantes; era una vida dura, entendiendo que cuando se llegaba limpiando al último hilo había que comenzar con la segunda limpieza porque la maleza que se hubo quitado al inicio ya había crecido nuevamente; bien, de ahí que, la rutina diaria era continuada durante todo el año.

Llegado los meses de junio y julio, cuando el maíz tierno daba punto de cachapas y hallaquitas el ambiente se llenaba de alegría porque se comenzaba a saborear el fruto del esfuerzo. En septiembre se iniciaba la recolección del maíz seco para desgranarlo, ensacarlo y venderlo, tarea que se hacía manual. El poco dinero que se recogía alcanzaba a duras penas para pagar las deudas adquiridas en comida, herramientas y algunos jornales; seguidamente, entre septiembre y primeros de octubre se preparaba la tierra para la siembra de caraotas y frijoles. Eran meses de trabajo duro; había que dejar el suelo libre de malezas usando únicamente un machete y un garabato.

Lo que allí se recogía había que administrarlo cuidadosamente para que alcanzara para dotar a la familia de ropa, calzado, purgantes y otras medicinas; compras que generalmente se hacían en el mes de diciembre.

Bien, como puede evidenciarse en este hogar no había lujos ni vanidades, pero se vivía bien y con tranquilidad.

Mi familia tenía dos “casas”; una en el pueblo, fabricada con pisos de cemento, paredes de bahareque y techo de zinc; dos dormitorios, una sala, un comedor, la cocina y un amplio alero que servía de corredor. En el dormitorio principal había una cama de latón con colchón de paja, característico de la época hasta el año 1960 cuando comenzó a desarrollarse la industria de la goma espuma para estos fines en el país; el segundo cuarto era ocupado por los niños de la casa, quienes dormían en hamacas. El anexo de la vivienda era un patio de unos treinta metros donde se criaban pollos, gallinas y uno o dos cochinos para el consumo de la familia. Los enseres de la casa lo conformaban un caldero grande, tres ollas grandes, tres medianas y cuatro o cinco más pequeñas, un molino mecánico para maíz y otras herramientas de trabajo, que como se describieron eran un machete, un hacha; además, un palín, un martillo. El vehículo de transporte personal era una bicicleta de reparto, con doble propósito: uno, servía para acarrear los insumos hacia el campo de trabajo; dos, servía para que a familia fuera de paseo; en ella cabían nuestra madre, tres o cuatro hijos y mi padre como conductor.

Otra casa se construía en el campo de cultivo para almacenar allí algunos insumos: sacos, herramientas, semillas, entre otros. Constituida esta vivienda por un dormitorio principal, una sala comedor y el área de fogón a leña. Construida con techo de palma, paredes de bahareque para el cuarto principal y tablillas de guafa para la sala. El personal que no era de la familia y que en ocasiones trabaja en el predio usaba la sala como dormitorio; allí colgaban su hamaca. Era una vivienda rústica a merced de plagas y alimañas; de libre acceso para ratas, culebras, mosquitos, chipos, avispas y animales domésticos, especialmente perros y gatos.

Entre los recuerdos muy bien fijados en mi memoria recuerdo la rigidez en la autoridad de mi padre; “cuando yo digo no, es no sin discusión”, “Que cuando regrese en la tarde encuentre esto o aquello terminado”, “si siguen molestando les voy a dar con la correa”, así nos decía y había que cumplirle, de lo contrario, se recibía una reprimenda. No había escapatoria al castigo: “si corres te daré cinco “rejazos” en vez de tres”, pero igual se pasaba de la cuenta.

Mi primera maestra no se me olvida, ella se llama o se llamaba Hortensia y Trabajaba en el grupo Escolar Bernardino Mosquera; ¡qué tiempos!; ¬–“ya aprendiste el abecedario, ahora aprenderás las lecciones del libro Juan Camejo”. –Ala – pala- maraca, –Dichos de Juan Camejo: Así no va mi gallo, ¡vale!, a otro perro con ese hueso, perro que mete la lengua en tapara no come manteca… Pocos meses estudie con la desconocida Hortensia y más nunca volví a saber de ella.

Por razones de inundaciones y búsqueda de nuevas tierras para seguir sembrando y cosechando mi familia se mudó hacia el pie de monte pedraceño y allí seguí creciendo junto a mis hermanos, quienes año tras año fueron creciendo en número: cuatro, cinco, seis… doce en total, todos vivos, ninguno con malas costumbres, ni mala fama. Unos, maestros de profesión, otros abogados, enfermeras, empleados (as) del sector público, otras dedicadas exclusivamente a los oficios hogareños; una de ellas dedicada a la agricultura como nuestros padres lo hicieron. Seis varones y seis hembras, todos sanos, trabajadores y con valores familiares bien fundamentados.

No podré borrar de mi memoria los sábados en la tarde cuando mi padre salía del campo hacia el pueblo más cercano a recrearse. Visitaba los patios de bolas criollas, donde echaba su partida, se tomaba algunas cervezas con sus amigos y regresaba los domingos al atardecer con el bastimento para la semana entrante. Nos traía pan de trigo o galletas que engullíamos con ansiedad porque para nosotros era una delicia que sólo podíamos disfrutar, en porciones limitadas, un día a la semana.

Eran aquellos tiempos en que se trabajaba mucho y se ganaba muy poco. No se compraba pollo ni cochino para el consumo en casa porque se criaban en el patio y la carne de res se vía una vez por mes, en cambio, había mucha carne sobre la vara del fogón producto de la cacería. Carne de lapa, báquiro, cachicamo, conejo, picure, chigüire, venado y hasta danta se conseguía. No había tiempo para la vagancia; el respeto entre familias era mutuo, aun entre los desconocidos. Poco, muy pocos se atrevían a robarse un racimo de plátano, un cochino, una res. Nadie atracaba a otra persona porque se enseñaba a respetar los bienes ajenos. Las personas transitaban por las calles a cualquier hora del día o la noche con la seguridad de regresar sanos y salvos a su hogar. Claro está que ocasionalmente había personas que faltaban a la ley pero eran casos excepcionales porque quien cometía un delito y se dejaba descubrir era apresado por las autoridades del pueblo y volvía a salir libre cuando cumplía la pena establecida por la Ley.

Hoy día hay diferencia respecto a aquellos tiempos. La familia no es tan estricta en su autoridad. En muchos hogares se hace lo que ordenan los hijos; los niños y niñas tienen libertad para hacer lo que les venga en gana: van a fiestas acompañados por amigos mientras sus padres se quedan en casa descansando, muchos consumen bebidas alcohólicas y prueban el licor, el tabaco y algunas drogas aún siendo infantes; la autoridad del padre y la madre son discutidas y reprobadas por los menores; la ley protege el menor aunque los argumentos del adulto tengan validez; aumenta la promiscuidad, el ocio y el descuido personal... son tantos los males que hemos dejado crecer entre nuestra sociedad que ahora somos incapaces de limpiarla; para colmo, entre la adultez ha crecido la “ignorancia alfabetizada”, la corrupción, quebrantamiento de valores, desmoronamiento de la autoestima, salvajismo social, la irresponsabilidad... es terrible, no se puede ostentar bienestar económico porque se corre el riesgo de ser secuestrado, no puede llevarse consigo objetos de valor ni dinero porque se es sometido a hurto, robo y lesiones que pueden causar hasta la muerte con la indolencia del agresor. Tu casa corre peligro de ser saqueada aunque tú estés dentro de ella.

Todo esto conduce a pensar en que aún cuando antes era más difícil mantener el medio de vida, se vivía con más tranquilidad, menos zozobra y mayor calidad de vida. ¡Qué tiempos aquellos!

 

C. Monzalez



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c. Monzalez

Publicaciones: 25

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Lecturas: 3417 [ Sociedad y Educación ] Publicado por monzalez el 2009-12-01 23:31:07 Comentario(s): ( 6 )


Comentarios

Por jhonchars (12-06-2010 17:21) |  Buen Comentario Mal Comentario  +0 | + / -

hola me gsutaria conocerte

Por Invitado: la chata (12-06-2010 14:32) |  Buen Comentario Mal Comentario  +0 | + / -

hola soy chica de ambiente busco una linda amistad con chicas de ambiente favor escribirme

Por Juany (09-01-2010 08:58) |  Buen Comentario Mal Comentario  +0 | + / -

Que bonita foto

Por Invitado: abreu isabel (02-01-2010 18:43) |  Buen Comentario Mal Comentario  +0 | + / -

hola como estan . me gustaria conocer amigos . soy de Barinas.

Por Invitado: Sibila Villaverde-Niederhauser (04-12-2009 11:20) |  Buen Comentario Mal Comentario  +0 | + / -

Hola,

llegue a esta pagina desde Europa ;-) España en concreto, pero soy de origen Suiza.

Me gusta mucho este texto que ha escrito, es muy interesante como se vivia y me da una imaginacion que puedo ''sentir'' o ''ver'' como si fuera una pelicula o asi parecido.

Y me interesa tambien, porque hay cierto tiempo que llevo en mente la idea de -si lo puedo realizar- ir a vivirme a Venezuela. Sin fantasias y sin lujos, sino para vivir con el pueblo.

En Europa las cosas van de lo malo a lo peor, y cada vez me gusta menos. Ya habia mejores tiempos aqui ;-) Por esto estoy pensando en una posible alternativa. Ya veremos ;-)

De todas formas: un cordial saludo para todo el pueblo de Venezuela!

    Por Invitado: C. Monzalez (13-12-2009 12:56) |  Buen Comentario Mal Comentario  +0 | + / -

    Hola Sibila:

    Me da mucho gusto que te guste mi relato y más gusto me da tu interés por mi país. Venezuela es una gran nación, con una enorme variedad de ecosistemas,parajes, rios, islas y costas tropicales. Aquí se quiere y estima al visitante como al coterráneo. Un gran abrazo...

    C.Monzalez

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